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INFARTO AL MIOCARDIO


N unca pensé que mi padre pudiera morir algún día. Un sábado del año ‘86 sabo- reaba mi café mañanero en casa cuando, Yayo Gutiérrez, mi compadre, inesperadamente apareció gritando con su voz de saxofón barítono desafinado:

 

— ¡Compadre, a su papá le dio un infarto al mio- cardio! Pero no se asuste, él está bien —y me expli- có—: su familia no lo puede localizar, por eso me hablaron a mí. Su hermana dice que su papá está bien.

 

Sé que cuando te van a soltar la noticia de la muerte de un familiar, te la dosifican: primero lo enferman gravemente y en seguida llega la noticia fatal; pensé: “De seguro mi padre está muerto y yo no me titulé, se fue con la convicción de que me ahogué en la playa”.

 

Mi mente retrocedió al año 1975. Por un montón de razones (todas mi culpa), no había presentado mi examen profesional para obtener el título de Médi- co Veterinario Zootecnista: comencé a trabajar con carta de pasante. Ganaba bien. Luego me casé y fui postergando ese trámite. Ahora regresaba a traba- jar a mi tierra contratado por el gobierno federal.

Al despedirme de mi padre, vi preocupación en su rostro cuando dijo:

-Hijo, si ya terminaste tus estudios, haz un último esfuerzo y titúlate. Que no te pase lo de aquel que soltaron mar adentro, nadó hasta llegar cerca de la playa y antes de pisar la arena, se ahogó.

Yo no estaba en tan buenas relaciones con el “Mero Mero”, tiempo atrás me había alejado bastante de la religión que mis padres me enseñaron de niño.

Cubrí mi cara con las manos y supliqué: “Dios mío, no quiero que mi padre se vaya de este mundo pensando que lo mejor que hizo su hijo en la vida fue imitar al pendejo aquel que se ahogó en la orilla del mar.

Dame la oportunidad de que mi viejo esté en mi examen profesional; dale un tiempito más, no tardaré mucho”.

Y mi padre superó el infarto.

 

Pocos meses después, él estuvo presente en mi examen profesional. Asistieron también mi “Papá Lalo” (hermano de mi padre, lo queríamos tanto, que nos acostumbramos a decirle “Papá”) y mi amigo Jorge “el Negro” Macías. 

Antes de entrar al examen le pedí al “Mero Mero”: “Diosito, que no me vayan a reprobar estos cabrones sinodales —y argumenté—: Si mi padre no se murió del infarto, lo va a matar la vergüenza; y a lo mejor también se lleva a mi querido tío, y para no ser menos, hasta el Negro se nos pela…” (no es albur).

También eso me concedió: mis sinodales al final me felicitaron; pero no paró ahí, ellos dijeron que no me daban la “Mención Honorífica” porque al zonzo encargado se le olvidó traerla (no les creí). 

Mi querido viejo, después del infarto tuvo que hacer terapias de rehabilitación en casa, y una de ellas era tejer algo en macramé; un día lo vi en su terapia tejedora, le pregunté:

 

—¿Qué estás haciendo, papá?

 

—¡Aquí nomás, mampeando alegremen- te! —contestó como los meros machos.

 

Ese era mi padre chiapaneco, el que me enseñó a andar en bicicleta, que siempre de- jaba en su taza un poquito de café con leche pues sabía que a mí me gustaba tomarla de ahí, el que primero me enseñó las tablas de multiplicar. El que estuvo con nosotros, no un tiempito, sino un tiempote, pues vivió muchos años más.

 

Mi hermana dice que nuestro padre, en la cabecera de su cama, tenía mi título uni- versitario al lado de la imagen del “Mero Mero”, al que siempre le agradeció que yo me titulara, pues estaba convencido que esa tarde me ayudó a responder las preguntas de los sinodales: “Mi hijo sabía, pero el ‘Mero Mero’ sabía más todavía; creo que se hicieron amigos cuando él fue acólito de niño”.

 

—Gracias, Padre Dios, por concederme la oportunidad que te pedí, y por ayudarme —dijo mi papá chiapaneco— en el examen, que, con tu apoyo, no estuvo tan difícil



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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