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Chiapas de Tradiciones

¡QUE NO SE TE OLVIDE! (LA BANDA DE GUERRA)


Cuando por primera vez vi desfilar a la banda de guerra de la “Ángel Pola”, mi escuela primaria, quise ser parte de ella: diez cornetas que tocaban los hombres; y diez tambores que aporreaban las mujeres. ¡Yo amaba el tambor!, me hipnotizaba el “tum tum” de las baquetas golpeando el restirado cuero del cilindro. En cambio, la corneta, ¡ese endemoniado instrumento de viento!, no era para mí. Fracasé cada vez que intenté sacarle un sonido decente. El aire se me escapaba por todos lados… menos por donde debía salir.

 

Acudí con el director de la escuela, el maestro Jesús Flores Meléndez, mi tío Chu: gordo, barba cerrada, bigote estilo Arturo de Córdova y cabello ondulado. Usaba anteojos de aros gruesos. Al reír, su abultado estómago se mecía al compás de sus carcajadas.

 

—Profesor —en la escuela teníamos prohibido decirle tío—; deseo pertenecer a la banda de guerra, pero quiero tocar el tambor.

 

El maestro Chu, mientras revisaba algu- nos papeles, me miró de reojo:

 

—¿El tambor? ¡Qué te pasa sobrina- zo! —él podía llamarnos como le diera la gana—. ¡Los tambores lo tocan las mujeres, bonito te vas a ver entre ellas! ¿O qué, ya te gusta tomar el pozol con popote?

 

Entendí muy bien su metáfora del pozol y el popote, pero iba preparado con sólidos argumentos:

 

—Maestro, la banda es de guerra, si hay guerra, ¿van a ir las mujeres a los chingada- zos? No, ¿verdad? Es mejor que desde aho- rita la formemos puros hombres. Además, ya intenté tocar la corneta y no le puedo sacar ni un triste gemido.

 

—Vaya, por ahí hubieras empezado. No habrá guerra en la que ustedes participen; no hay con quien pelear.

 

—¿Y los de Villa Corzo qué? —dije lo que todos sabíamos—. ¡Siempre estamos peleando!

 

—¡En los deportes, pero todos somos familia! —y concluyó—: “Somos bueyes de la misma yunta”.

 

Sus metáforas no eran muy afortunadas, pero callé, tenía razón. Ante lo inevitable, accedí a tocar la corneta. Le aseguré que me esforzaría por aprender con el Coleto Jimeno.

 

Toño Jimeno, El Coleto, hosco capitán de la Ban- da de Guerra, tomaba su papel muy en serio. Cuando llegué a mi primer ensayo, ahí estaban: Chu Seco y  su diente de oro; Gil Rincón, siempre sonriente; el Cantinflas Betanzos, enemigo del peine; el Walters- pacher, flaco y alto como palmera; el Negro Sarmiento, Manuelón Burro… Todos más grandes de edad que yo.

 

El Coleto sabía ya que me integraría a su banda, al verme dijo:

 

—¡Recluta, lo primero que debés saber es que yo soy el jefe, el Comandante Supremo de esta banda y así me llamarás.

 

Me puso una corneta en la mano y enérgico ordenó:

 

—¡Recluta, soplále a la trompuda!

 

Pensé: “si el recluta soy yo, la trompuda debe ser una de las chicas del tambor”.

 

—¿A cuál me soplo? —y las vi por si me dejaba escoger.

 

—A la que tenés en la mano, ¿a cuál más? Luego me enteraría que a las cornetas les decía “trompudas” y “cueros” a los tambores. Puse la bo- quilla de la corneta en mis labios, inflé los cachetes y soplé… ¡Prrrt, prrrt, prrrt! ¡Horrible! El Coleto me aconsejó:

 

Colocá bien fuerte la boquilla de la trompuda contra tus labios. La fuerza viene del estómago y el aire de los pulmones, no de los cachetes.

Tomó su corneta, enchuecó la cara y…

 

—Turutu tututututu tutututu tutututú.

 

—‘Uta ¡Chingón! —reconocí. Ordenó de nuevo:

—¡Recluta, dale otra vez!

 

A pesar de que hacía mi mejor esfuerzo, fracasé.

 

—¡Ya, ‘ta bueno ya! —dijo—. Te voy a tené que

emboquillá la boca pa’ que toqués a toda madre.

 

—Comandante Supremo, mejor te invito a que nos emboquillemo unos taquito con doña Elvirita, hoy en la noche.

 

El Coleto, seguramente, me vio potencial como invitador de tacos, o por mi tío, no me corrió.

 

‘Ta bueno —dijo, confirmando mis dos sos- pechas—: Solo porque es tu tío el maestro Chu, no te doy de baja ‘orita. ¡Acepto tu invitación pa’ que emboquillemo los taco!

 

Así, entré a la Fabulosa Banda de Guerra de la Escuela Federal. El Coleto tenía su particular tabu- lador: “recluta”, éramos los maletas. “Corneta”, el siguiente nivel, ya tocaban mejor. A las estrellas, les decía “colega”.

 

Y llegó el desfile del 16 de septiembre. Estrené mi uniforme: pantalón y chaqueta corta azul marino con botonadura dorada y gorra militar de visera dura. La Ángel Pola encabezaba el desfile. Adelante la abanderada y su escolta. Luego nosotros, con El Coleto al frente, garboso, tocando su trompuda. Era un sueño hecho realidad. ¡Mi uniforme! ¡Los aplausos! Entre tantas cornetas, nadie notaba que de la mía no salía sonido alguno. Me volví un consumado actor infla-cachetes.

 

Casi finalizaba el evento, cuando se me terminó la dicha. Apareció por ahí mi archienemigo: “El Remache”. Un forzudo chaparrón que reunía las tres efes que lo hacían temible: feo, fuerte y feroz. Al ver- me con mi uniforme de niño héroe, frunció el entrecejo. Lento se fue acercando a mi corneta. Se dio cuenta que de mi instrumen- to salía aire, pero no sonido. Alzando la voz dijo:

 

—¡Este jaragán no está tocando nada!

 

Quiso corroborar, acercó la oreja a cinco centímetros de la campana de mi trompu- da. Error. Solicité la intervención divina, invoqué a los Ángeles tocacornetas —los que aparecen en las estampitas religiosas—. Aspiré profundo, apreté los músculos abdo- minales, la trompuda se posó firme en mis labios. A la orden del Coleto, lancé un ruido tan descomunal y agudo, que hasta a mí me asustó.

 

El cuerpo del Remache se cimbró. Los ojos le daban vueltas en círculos. Lenta- mente se sentó en la tierra. Luego me enteré que tardó varias horas en encontrar la puerta de su casa.

 

A costa de invitarle tacos, El Coleto logró, por fin, que de mi trompuda saliera un sonido decente, que me hizo subir a la categoría de “Corneta”.

 

Mi romance con el tambor seguía viento en popa. En mis ratos libres ensayaba lo que hacían las chicas de la banda. Procuraba  que no me vieran: podrían apoyar el dicho de mi tío acerca del popote y el pozol.

 

Todo principio tiene su fin. La etapa de la escuela primaria terminó muy pronto. Llegó la inolvidable noche de diciembre de 1960, donde recibiría mi certificado de primaria. Estaba con mis padres, cuando El Coleto llegó.

 

—Corneta —dijo, preocupado—, debe- mos hacerle honores a la bandera, y no hay nadie; tus compañeros andan bolos y las tamboreras traen zapatillas, quieren bailar, no tocar los cueros.

 

Fui con él. Por la parte de atrás nadie nos miraba; nos cubría el trono de La Reina, le propuse:

 

—Comandante, si querés, yo puedo tocar el tam- bor mientras vos le das a la trompuda.

 

—¿Sabés tocar el cuero? —preguntó.

 

—El cuero que quiero tocar no se deja, pero al tambor no le pido permiso.

 

‘Ora que no estés, te voy a extrañar por las taquizas y por las pendejadas que decís.

 

Como acostumbraba, Toño tocó un solo de cor- neta magistral. Cuando escuchó el sonido de mi tambor, subía y bajaba las cejas con aprobación. Esa noche: ¡Una corneta y un tambor! No necesitamos más. Al finalizar, Toño me abrazó y no me besó porque no le atinó a mi cachete. Por primera vez me dijo “colega”. ¡Tres años de mi vida para escuchar eso!

 

Emigré a la Ciudad de México a continuar mis estudios. No volví a ver a Toño Jimeno. Pocos años después, me enteré que el Comandante Supremo, aún muy joven, murió en un accidente de motocicleta.

 

Hace poco lo soñé. Sí, al Comandante Supremo en persona. Vestía su uniforme azul marino con bo- tonadura dorada. En la mano derecha, su inseparable trompuda. Emocionado lo abracé con cariño:

 

—Toñito… Coletito…

 

—¡Comandante Supremo, cabrón! ¡Que no se te olvide!

 

Me sonrió y dijo:

 

—Colega, te vengo a invitar si querés tocar el cuero en la “Banda de Paz” del cielo. Ya están ahí casi todos tus compañeros ¿Te animás?

 

—¿El cuero? ¿No me dirán eso del pozol y del popote?

 

—No, allá todo es unisex.

 

—Ahorita no puedo ir —le dije, tratando que no se me notara el “cus cus”—. Tengo ropa que planchar; pero cualquier rato por ahí les caigo. Por cierto ¿Anda allá El Remache? —pre- gunté precavido.

 

—Sí, está sordo. Dice que un sonso le sonó un cornetazo en la oreja —y preguntó—, ¿sabés quién fue?

 

—No sé, Comandante, ya ves, no faltan los que ven una poderosa corneta y sin precaución ponen la orejota cerca.

 

Tenés razón.

 

Aproveché, para preguntar algo que siempre me ha intrigado:

 

—Comandante, ¿existe el infierno?

 

El Coleto endulzó la faz y con ange- lical sonrisa dijo:

 

—¡Claro que existe! ¿Dónde creés que estás vos?

 

Y se elevó. No había visto sus alitas.

¡Toño era un ángel! antes de que desapareciera, emocionado, me despedí:

 

—Adiós Toñito… Coletito. Metió reversa y me gritó:

 

—¡Comandante Supremo, cabrón! ¡Qué no se te olvide!

 

Glosario:

Coleto. Gentilicio de los de San Cristóbal de las Casas.

Bolo. Conspicuo bebedor de bebidas espirituosas.

Cus cus. Ruido que hace tu corazón cuando te tiemblan las canillas por el miedo.



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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